Usabilidad de lo cotidiano

Este fin de semana, buscando cosas para picar para llevar a una parrillada, vi en un anaquel aquellos tubos de papas Pringles, verdes y rojos, que inmediatamente me recordaron mi niñez en la Venezuela con dólar a Bs. 4,30 y supermercados llenos de cosas importadas.
Encantada con el recuerdo, metí en mi cesta un par de latas. Pero qué desilusión cuando, en medio de la fiesta, una vez que abrimos aquel mágico tubito y ya estábamos saboreando en nuestra mente un “potato chip”, intenté hacer encajar la tapita de plástico en el fondo del tubo, para poder brindar con mayor facilidad, y la tapa no encajó.
Sí, ¡NO ENCAJÓ! La tapa de plástico ya no coincidía con el borde del envase, por lo que tapa y lata debían quedar irremediablemente separadas –y con el riesgo de que la primera se extraviara, qué angustia-, perdiendo así toda su practicidad y comodidad. Sí, tal como llamamos a esto en los medios interactivos: había perdido su USABILIDAD.
Es probable que me tachen de obsesa o con una profunda deformación profesional. Pero en realidad el concepto de usabilidad –que algo pueda ser usado fácil, efectiva y eficientemente, produciendo satisfacción en el usuario-, tiene sus orígenes en el diseño industrial, ligado a términos como utilidad, comodidad, ergonomía y practicidad.
No es casualidad que entre los libros ya clásicos, más vendidos y recomendados en usabilidad esté The Design of Everyday Things, de Donald Norman, uno de los especialistas del área que más ha escrito acerca de la relación entre la tecnología y las personas. La usabilidad –o la falta de ella- está en todo lo que nos rodea.
Cuando trabajaba como periodista, una diseñadora industrial, ganadora de un premio internacional, nombró entre los peores diseños de la historia a aquellos aparatos de VHS que nadie sabía cómo programar, sin apelar al instructivo… y apelando tampoco, porque entonces uno se perdía en el inglés “japonizado” –en la red lo llaman Engrish- de los viejos manuales.
Hoy en día quizá uno de los mejores ejemplos de usabilidad que podemos ver con más frecuencia en la calle, sea el iPod. Antes de su aparición existían y también hoy existen otros dispositivos similares que, según los entendidos, tienen “mejores” funcionalidades. Sin embargo, hasta los trabajadores de Microsoft se han dejado seducir por el iPod.

Es claro que entre las razones principales de la preferencia está su usabilidad y la experiencia de usuario que brinda: es cómodo, bonito y agradable –uno se siente y se ve “cool” al usarlo-, y es extremadamente práctico para cargarlo en la calle, sincronizarlo, etc.
La prueba más fehaciente de la gratificante experiencia que brinda un iPod la vi en la misma parrillada. Mientras yo peleaba sin éxito por ponerle la tapita a la parte inferior del tubo de Pringles, a una pareja recién casada se le ocurrió sacar a relucir las fotos de su luna de miel.
La sola idea de ver interminables fotos de pareja auguraba aburrimiento seguro, pero faltó analizar un detalle: las traían en su IPod nano. Algunos dirán que el éxito lo tuvo el paisaje de Hawai, otros dirán que fueron los trajes de baño sexys de la novia o quizá el relato del novio… Yo estoy segura de que fue lo nano-cool-divertido del iPod.
Lo cierto es que mis Pringles obtuvieron apenas un milisegundo de atención nostálgica, que se acabó apenas llegaron las fotos en el nano. Otro especialista en interfaces dictaminó ante mi cara de asombro y desilusión al comprobar una y otra vez que la tapa no encajaba como antes: “Perfecto ejemplo de cuando la reducción de costos, perjudica la usabilidad”.
Susana Funes, Socia Directora de ContenidoInteligente




1 Comments:
Todavía hay industrias que tratan de ahorrar costos, perjudicando la usabilidad de sus productos; pero a la larga los consumidores se lo cobran.
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